Nuestro lema

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sábado, 17 de febrero de 2018

SALÍ a Viajar al hotel Lukas


Este programa gira en torno a la historia de un lugar en la ciudad muy interesante, pues al iniciar, sólo fue una idea de esas que surgen en la mente de alguien que sólo quiere invertir su dinero en una idea de negocio cualquiera, pero que con el tiempo se fue convirtiendo en algo más importante para sus creadores. A veces, lo único que se necesita es empezar, luego la vida se encargará de hacer que las piezas del rompecabezas se acomoden perfectamente y al final, esa idea que comienza como una alternativa, termine convirtiéndose en la vida misma. El hotel Lukas fue pionero en la avenida 70, sus creadores aunque esperaban que prosperara y querían el éxito, nunca se imaginaron que al abrirlo, las personas se quedaran afuera esperando, haciendo fila, para poder hospedarse en él. Hoy, sigue teniendo éxito y aunque ya no está solo en el sector, sino que por el contrario, comparte el mercado con una muy amplia y variada oferta que se extiende varias cuadras a la redonda de ese lugar en el que inició, sus huéspedes lo siguen prefiriendo y lo recomiendan a lo largo y ancho del país, incluso del mundo.

Quedate ahí, porque Viviana Ramos, la administradora del Hotel, nos contará esa interesante historia de uno de los más representativos hoteles de la 70. Decí pues conmigo #Salí a viajar al hotel Lukas.

La vida tiene siempre caminos misteriosos para nosotros; sólo hay que estar atento y entregarse a vivirla intensamente para asegurarnos de disfrutarla y obtener lo que nos merecemos, ser siempre felices. Esta historia del Hotel Lukas es una prueba de ello, este lugar que empezó como una alternativa económica para sus dueños, ahora es un lugar icónico en una de las avenidas más importantes de la ciudad y ha sido un hogar, fuera del hogar de muchos viajeros que han venido a la ciudad a cumplir sus misiones de trabajo, o deportivas, o sus sueños. ¡Qué gran historia! Espero que te haya gustado conocerla. Gracias por escucharla, gracias por decir Salí a viajar al Hotel Lukas.


Escucha el programa dándo click a la siguiente imágen:


martes, 30 de enero de 2018

DIATRIBA A MI ÚLTIMA DECEPCIÓN GASTRONÓMICA

Sí, todo al empezar el año SUBE. Varias sorpresitas llegaron con el cambio en el calendario: el Soat del carro quedó por las nubes, la gasolina subió otros 135 pesos por galón, los peajes también llevaron “su subienda”, el arriendo ni se diga, el vergajo IVA que no da tregua y claro, el salario mínimo que es la vara con la que se mide todo, y que por supuesto no alcanza a cubrir las necesidades básicas del pobre asalariado y mucho menos los porcentajes de subida de lo antes mencionado, que no es lo único, porque muchas cosas se quedan por fuera. Si se mira entonces desde una perspectiva económica, al subir por aquí algo y también por allá esto otro, es lógico que cuando eres empresario o emprendedor, tengas que replantear los precios de tus productos y hacer uno que otro ajuste, para que la rentabilidad del negocio sea sostenible en el tiempo, se pueda garantizar la calidad del producto y en especial, se pueda continuar satisfaciendo no sólo la necesidad de los clientes, sino también mantener su fidelidad hacia la marca. Por eso pues, es apenas lógico que cuando se vaya a comprar algo que habías adquirido habitualmente el año pasado, tenga un precio diferente justo unas pocas semanas después.
Este post va dedicado a aquellos emprendedores, empresarios, negociantes, comerciantes y vendedores en general, que esperan continuar en el mercado y que tienen un pensamiento a mediano y largo plazo. La ley de la oferta y la demanda es la que rige la permanencia de una marca en un mercado determinado. Los productos y/o servicios han de someterse a esta, que es por decirlo de alguna manera “implacable” con quienes no la respetan.
¿A qué viene todo esto? Pues a que he sido golpeado por una realidad en el rostro que me ha dejado preocupado, triste y en especial, decepcionado. Yo soy un consumidor racional en general, y sin embargo me dejo llevar por la emotividad en cuanto ésta esté ligada a razones que sean “medibles”, justificables. Como consumidor, también tiendo a ser muy tradicionalista, cuando me gusta algo de un lugar, tiendo a seguir consumiendo ese algo, justo en ese lugar y a no buscarle sustitutos. Por eso cuando quiero comer perros calientes, voy al lugar en el que encontré el mejor del barrio, no importa que para llegar a él, tenga que pasar por dos o tres locales que me quedan más cerca, lo que quiero, es la experiencia y el sabor que me ofrece el que descubrí y elegí como el que me gusta. Para la pizza, la hamburguesa, las papas fritas, los burritos, etcétera, hago lo mismo. En mi barrio, La América, hay un lugar que me conquistó desde que era adolescente, que ha sido muy tradicional, respetado y frecuentado por una gran cantidad de comensales que al igual que yo, no importa en qué lugar de la ciudad vivan, vienen a buscar por la calidad y los sabores de sus productos. Yo viví en Envigado por diez años y fueron muchas las veces en cada año, en que me “pegué el viaje” nada más que por una o dos de sus deliciosas “arepas con queso costeño rallado y chorizo de ternera”.


Hoy por hoy, que vivo a tan solo a dos cuadras de este emblemático lugar, confieso, voy varias veces en el mes para satisfacer ese antojo que me provocan los sabores y olores de ese producto en especial, y además porque siempre me han “consentido” y atendido con familiaridad y cariño. Siempre me ha gustado que a la arepa hecha a mano y asada al carbón, de un tamaño perfecto, le pongan mucha mantequilla para garantizar que al ponerle el queso costeño rallado encima, se contenga un poco, pues siempre ha sido en porción generosa y el área de la torta de maíz no es suficiente para contenerlo; para terminar, encima de esta bella imagen que les describo, viene un rollizo, brillante y chirriante chorizo de carne de ternera, sabroso y jugoso, asado al carbón, que solitario en ese monte de queso, comienza a derretirlo alrededor y termina hundiéndose para quedarse ahí, inmóvil, cual la bella durmiente en una abullonada cama de queso.
Escribo esto y me corren lágrimas, ah claro y estoy salivando como el perro de Pablov. ¿Y por qué me corren lágrimas? Porque todos los verbos que componen este párrafo anterior, voy a tener que conjugarlos en pasado, no por elección propia, no porque tenga que privarme a voluntad, sino porque alguna clase de fiera egoísta, o soberbia, o tacaña, o ambiciosa ha tenido la poca compasión de morder a los administradores del lugar en cuestión. Ya venía yo, notando que desde hace algún tiempo, no hará el año, la arepa no era la misma, que antes era gruesa y generosa, ahora es delgada y pequeñita, luego se vino otro cambio terrible, el queso que se usaba para poner encima, cambió de sabor, de textura, es decir, de calidad y lo peor aún, de cantidad. El chorizo pareciera que si es el mismo y tal vez, su sabor y la fidelidad a la combinación de sabores me siguieron llevado a sucumbir a su oferta. Hace unos pocos meses, la humilde arepa, dilecta de mis comilonas de fines de semana subió de precio, y me di cuenta porque cuando pagué por las “dos con chorizo para llevar” con el acostumbrado billete de diez, me pidieron “otros mil”. Los pagué, consciente de que todo en la vida tiene que subir, pero también consciente de que ahora, estas dos arepas, (una para mí y otra para mi acompañante) que eran más un antojito aperitivo, que la comida, pues como les dije, al bajar de tamaño ya no me satisfacían y tenía que complementar con algo más, estaban costando los mismos once mil pesos que me costaban dos arepas rellenas con carne del negocio de la otra esquina. Soy colombiano, el barrio que habito es estrato 4, soy sólo uno que hace parte del público objetivo de dicho negocio y sí, a la hora de comer en la calle cuido mi presupuesto y pienso en el beneficio versus costo, así que cuando invierto en comida quiero quedar satisfecho en sabor, costo y quiero quedar “llenito”. Con esta idea fui hace pocos días, hice mi pedido, esperé impaciente por el hambre, pagué y noté que me devolvieron menos, cuando pregunté, me dijeron que los precios habían subido porque ya es 2018… Otros quinientos pesos por arepa; en menos de un año son mil pesos más y el producto ya no es el mismo.
No, no soy soberbio, no soy tacaño, me gusta comer en la calle, me encanta salir a comer y pago con gusto lo que me pidan cuando me siento satisfecho, pero arriesgándome a ser criticado por “sismático”, escribo esta diatriba, esta crítica razonada con mis “verdades”, con el único propósito de expresar mi ofensa, sin querer dañar a nadie, sin ánimos de destruir ni demeritar, ni mucho menos: no me gustó, no me sentí bien pagando $6.000 pesos, que parecen nada por esta triste imagen…  la foto corresponde al producto que propició todo esto… no me parece justo y representativo, ya ni siquiera el hecho de que por tradición o por una historia de más de 20 años que me liga al lugar, me hace pensar en querer volver. Creo que es un error administrativo ejecutado sin estudio, sin contemplación metódica de impacto en su público objetivo, sin visualización correcta de proyección a futuro. 500 pesos no son, ni deberían ser, la unidad de aumento para un producto tan simple y básico.


Creo que fue la última vez que voy a este lugar, me voy a comportar como suelen hacerlo los consumidores que tanto estudié y estudio en las investigaciones de mercadeo que hago para mis clientes y para mí mismo. Ahora veré si las otras veinte o treinta opciones que hay en menos de quinientos metros a la redonda, terminan satisfaciendo mis noches de antojo por comer algo rico. R.I.P viejos amigos para su propuesta por mi parte.
¿O será que me castiga la lengua? ¿O será que habrá capitulo nuevo en esta novela de desamor? Ya veremos.

Salí a comer, a viajar, a vivir.

martes, 9 de enero de 2018

Top 5 RESTAURANTES RECOMENDADOS 2017 – 2018

Se termina el año y como todo hombre responsable y comprometido consigo mismo y con una causa, voy a hacer un balance. El año 2017 fue un muy buen año; aprendí muchas cosas importantes que me ayudarán a ser mejor ser humano y me permitirán disfrutar más de la vida; ingresé a un círculo de sibaritas de la ciudad que me han acogido con respeto y cariño y que me han regalado varias satisfacciones y la entrada a muchos eventos gastronómicos importantes y deliciosos. Salí también evolucionó y gracias a mis redes sociales, a este blog y al programa de radio, he tenido la oportunidad de conocer a personas maravillosas que le apuestan a sus sueños, que luchan incansablemente por arrancarle una sonrisa a otros con sus proyectos gastronómicos y de turismo y que sin más, están haciendo de éste, un mundo mejor. A varias de ellas hoy por hoy las conservo entre mis amigos y en mi corazón.
Este año también me atreví a buscar la realización de un sueño nuevo, de una idea que me rondaba la cabeza hacía tiempo y a la que no le había invertido suficiente energía para hacerla realidad. Ya saben, me gusta mucho comer y comer bien, y cómo muchos conocidos y desconocidos me buscaban para saber a qué lugar ir a disfrutar de una buena experiencia gastronómica, siempre me imaginé llevándolos de la mano y compartiendo con quien me lo preguntaba. Así pues que decidí hacer mi primer experimento: invitar a varios amigos a que me acompañaran a un buen lugar, pedir algo especial, lograr que el chef nos hablara sobre lo que íbamos a comer (este detalle siempre me ha parecido una de las mayores ventajas que he tenido en este mundo, pues poder hablar con el creador del plato, que me cuente su historia y de cómo concibió la propuesta ha hecho que la experiencia, para mí sea superior, más sabrosa, más profunda) y aprender a maridar la comida con un buen vino, tal y como se hace alrededor del mundo, mientras se aprende el porqué de la decisión de un vino tinto, o blanco o rosado. Sí, lo hice, lo logré y no lo hice una sola vez, lo hice cinco veces y de ahí viene este post, el top 5 de los mejores restaurantes que visité en el 2017 y que te recomiendo a vos para que los conozcas e inicies en ellos y con ellos, las mejores experiencias gastronómicas de este año 2018 que comienza. Espero que te gusten, Salí conmigo a los cinco mejores restaurantes que conocí en el 2017 y perfectos para Salir a disfrutar este 2018.


Número 1: LA PAMPA PARRILLA ARGENTINA


A dos cuadras del segundo parque de Laureles, un espacio bien agradable, cálido y muy argentino, en el que Esteban o Elio, sus administradores oriundos del país austral, con su equipo de trabajo, cocineros y meseros atentos, preparados y serviciales, te ofrecen la oportunidad de vivir una deliciosa y auténtica experiencia gaucha. Platos recomendados: Entrada: empanada argentina, deliciosa.
Plato fuerte: Bondiola asada (corte de cerdo) Jugoso, suave, sabroso, acompañado de un cremoso puré de papa, o papa al horno y siempre está abierta la barra de ensaladas.
Postre: Alfajor argentino y helado de vainilla.
Maridaje: Vino blanco para entrada; Vino tinto, plato fuerte y Vino rosado espumoso para el postre, todos los vinos de marca “finca La Escondida”.

Numero 2: DOÑA LECHONA



Primer Parque de Laureles (Cl. 39d #73-106). Este es un restaurante que está ahí para sorprenderte. Si bien su nombre pareciera indicar que es un lugar para comer solamente lechona, al mirar su carta de menú te vas a dar cuenta de este plato tolimense sólo es uno de los más de 35 platos típicos de todas las regiones de Colombia que te puedes encontrar. Aquí te vas a poder dar el gusto de viajar por todo el país sentado en una mesa, los sabores, olores y colores que te vas a encontrar son apasionantes y lo recomiendo sin miedo a equivocarme para por ejemplo, llevar a los extranjeros a conocer nuestra gastronomía. Qué te recomiendo:
Entrada 1: Abrí el apetito con unas empanaditas de lechona, gran presentación.
Entrada 2: Bollo boyacense: un envuelto de masa de maíz con queso y bocadillo por dentro. Es dulce y salado a la vez, no vas a creer la delicia de este plato.
Plato fuerte: Posta cartagenera: Plato tradicional de Cartagena, un trozo de carne muy bien cocido a tres técnicas, con una salsa oscura medio dulzona y muy sabrosa, acompañada de arroz con titoté (arroz con coco), carimañolas de yuca con suero costeño y ensalada fresca. El plato es ¡Brutal!
Postre: Arroz con leche: ¡Virgen santísima! Este plato me hizo volver a mi infancia, tiene todo el sabor de las abuelas, es cremoso, esponjoso y con el toque perfecto de dulce, ahh, si, viene con arequipe (dulce de leche).
Maridaje: Para las entradas vino blanco, para el plato fuerte Vino tinto y para el postre, rosado espumoso, todos marca Carlo Rossi.

Número 3: EL GRASPO DE UVA


Una cuadra abajo del Parque del Poblado (Cl. 9 #43B-55). El que ame la comida y la disfrute en todas sus presentaciones, sabe que una de las más reconocidas e importantes del mundo es la italiana. Creo que no conozco a una persona que no ame o por lo menos disfrute de vez en cuando de una buena pizza, tampoco conozco uno solo que me haya dicho que no come pastas porque le desagradan. Bien, este restaurante creado y dirigido por don Giorgio, un nativo de Verona, Italia, sabedor como ninguno de vinos y por supuesto de la buena comida, tiene no solo una de las mejores pizzas de la ciudad (que conste que no lo digo yo, lo dice Tulio Zuloaga de Tulio recomienda) sino que tiene unas muy buenas pastas y otro par de maravillas que te harán enamorar de la gastronomía del país de la bota. Que te recomiendo:
Entrada 1: Pizza caprichosa (Llamada así por don Giorgio porque cuando la inventó le puso ingredientes a su capricho) y pizza margherita que es la típica y famosa pizza napolitana que trae queso, jamón, tomate y albahaca. Sin iguales las dos.
Entrada 2: Carpaccio de res. Esta carne cruda en láminas, muy bien tratada y bañada en aceite de oliva, queso parmesano y hojitas de albahaca te va a encantar.
Plato fuerte 1: Penne a la cubana. Pasta corta, gruesa, hueca, cocida al dente y bañada en una salsa cubana, picante y especiada, es una de esas sorpresas al gusto que tenés que conocer.
Plato fuerte 2: Risotto a la funghi. Esta es una sorpresa deliciosa y “bacanisima” para los amantes de la comida para sibaritas. Este risotto hecho en caldo de pollo, vino y queso, tiene hongos por su puesto, pero, el gran aporte que lo hace tan especial, es que el mismo don Giorgio hace sus excursiones por las montañas de Medellín y Envigado y los cosecha de manera natural para luego tratarlos en su restaurante y servirlos así… de muerte lenta.
Postre: Salami de chocolate. Este es un postre tradicional de las abuelas italianas, la receta de don Giorgio viene de la suya; es un rollo de brownie con chocolate blanco, que al servir en rodajas tiene el aspecto de un Salami. Se lo sirve con helado de vainilla.
Maridaje: Vino tinto


Número 4: PERÚ CON ALMA


El Poblado, Mall Interplaza Tv. Inferior # 10c-228. De una de las gastronomías más reconocidas del mundo, saltamos a la que es considerada hoy en día la mejor. Este restaurante cumple con la promesa básica que trae en el nombre, su cocina es la conocida Nikkei, que significa inmigrante en japonés y que es como se le conoce a esa fusión de las técnicas de cocción japonesas con los ingredientes del Perú; cuando te enfrentas a una de esas delicias que tienen en su menú te das cuenta de que trae todo el sabor y viene desde el alma. La propuesta nacida de un antioqueño pero cuyos platos fueron creados por un cocinero japonés es una de las formas más deliciosas de acercarse en Medellín a la gastronomía que ostenta el galardón de ser la mejor del mundo hoy en día. Qué te recomiendo:
Entrada 1: Edamames; estas vainillas de la soya, humildemente hervidas en agua y adobadas solo con sal, van a hacer que de un solo tiro se entienda que la belleza del mundo está en lo simple.
Entrada 2: Gyosas; para que me entiendas “empanadas japonesas”, son unos envueltos en papel de arroz de carne molida de cerdo con verduras. Se cuecen en agua, te las sirven con salsa teriyaki, son ¡Gloriosas!
Plato fuerte: Arroz japonés, que te lo hacen con show de tepanyaki, es decir, en la plancha de la mesa en la que te sientas, ahí verás al habilidoso cocinero mover con destreza sus espátulas y cocinar un delicioso arroz adobado con salsa soja y especias, saltear tus vegetales y unos jugosos y sabrosos trozos de cerdo que en japonés son denominados Yakibuta, (cerdo en rollo). La verdad, es que el cerdo es tan bueno, que hasta pensé en cambiar mi porción de arroz, por más cerdo.
Postre: Suspiro limeño, el famoso postre peruano por excelencia que como su nombre lo indica, es tan ligero como un suspiro. Trae fresas, arequipe y crema batida.

Numero 5: EL BISTRÓ DE GUY


Calle 39D # 73 - 74 Primer Parque Laureles.  Este es uno de esos lugares que está oculto a simple vista y que todo sibarita de la ciudad debería conocer. Guy es un belga que se enamoró de Medellín y se trajo de su Bélgica natal todos sus conocimientos gastronómicos para combinarlos con los ingredientes más deliciosos y maravillosos del mundo (estas son sus palabras), los colombianos. Su ingenio y sabiduría mezclados con las técnicas clásicas, más los productos más frescos, dan como resultado una fiesta de sabores en tu paladar. Qué te recomiendo:
Entrada 1: Caviar de berenjena. Suena loco para la mente latina que no sabe qué hacer con este vegetal, pero créanme, que luego de probar este manjar, van a ver el mundo con otros ojos. Viene en una cesta de pan duro, es maravilloso.
Entrada 2: Un plato con tres demostraciones de sabor: un omelette de cebollina, un mini sáduche de pollo a la andaluz que es un poco, no mucho, picante y un fricasé de champiñones que es de muerte lenta.
Plato fuerte: unos jugosos y bien asados medallones de carne de res (solomito) con tres salsas tradicionales francesas: Salsa de pimienta verde, algo picante pero muy sabrosa y olorosa, salsa de Provenza, que es algo dulce, muy equilibrada y salsa de champiñones flambeados, oscura y cargada de sabor.
Postre: Una especie de torta de chocolate belga es decir más o menos amarga, pero equilibrada con un dulce perfecto y una torta reventada de durazno, ambos trozos vienen acompañados de un increíble helado de cardamomo y otro de vainilla, hechos por el mismo señor Guy.


Ahí está pues mi Top 5 de restaurantes que conocí en el 2017 y que te recomiendo si no los conoces, para que inicies tu aventura gastronómica del 2018. Ciento treinta y ocho (138) de estos platos fueron compartidos por personas que atendieron mi llamado y fueron conmigo a disfrutar de las más deliciosas y reconfortantes experiencias gastronómicas. A todos ellos les doy gracias por salir conmigo, a los dueños, administradores, cocineros, vendedores y amigos de cada una de las marcas de los restaurantes que estuvieron conmigo en estas aventuras, mil y mil gracias por creer en mi locura y apoyarme, a Productos Patagonia y a Global Wine and Spirits, un abrazo muy especial por caminar conmigo de la mano, aportando sus conocimientos y sus vinos, y a todos ustedes que han leído, escuchado y disfrutado de los contenidos de Salí, abrazos y besos por mil. Espero que este año que empieza esté lleno de comidas, viajes y vida.

Salí a comer, a viajar, a vivir.  

martes, 14 de noviembre de 2017

¿QUIERES SALIR DE PICNIC CON NOSOTROS?


Natalia Lopez Todo en Comidas la invitada al programa de esta semana tiene dos invitaciones dobles para los seguidores de SALÍ
Vamos de Picnic a Ciudad del río, nosotros llevamos la comida y el vino, tú, trae tu acompañante.
Para participar sólo tienes que seguir en Instagram a @todo_en_comidas, comentar este video con el hashtag #QuieroSalirDePicnic y etiquetar a la persona con la que quieres ir. ¡ESO ES TODO!
Tienes hasta el domingo 19 de noviembre para participar.
Sigue, comenta, etiqueta, ¡GANA!
Escucha el programa este jueves a las 4pm o el domingo a las 11am por Frecuencia U 940 AM o por este link: http://www.udem.edu.co/index.php/audio-en-vivo
Y Salí a comer, a viajar, a vivir.

Mira el video para saber las condiciones para participar.

lunes, 9 de octubre de 2017

#SalíAVivirLaNochePampeana - Salí a vivir mi primer evento gastronómico

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Un día tuve un sueño…  así, con esta frase empezó uno de los discursos más emblemáticos de la humanidad y hoy me la quiero apropiar para comenzar con esta entrada, qué, declaro, es una de las que más emociones me produce escribir. En muchas ocasiones he comenzado programas de radio y otras entradas para este blog, haciendo alusión a que el mundo es de aquellos que se arriesgan, de los que sueñan y luchan por que sus ilusiones se hagan realidad, hoy quiero volver a tocar el tema pero desde adentro, sintiéndome protagonista. Pues bien, desde que comencé con esta locura de contar sobre mis aventuras gastronómicas y luego sobre las historias de los restauradores, aventureros y en general de los amantes de la buena vida, mi perspectiva con respecto a mi papel en el mundo se ha ido modificando. Si bien al principio parecía que este era un simple hobbie con el que me divertía al doble o al triple, pues en un principio simplemente iba a un lugar, comía bien, la pasaba genial y luego volvía a divertirme al recordar para escribirlo, y de nuevo, me volvía a divertir al ver que una, dos tres y hasta mil personas terminaban leyendo y disfrutando de eso que yo había vivido y compartía, e incluso, inspiraba a otros para hacer lo mismo que yo, pues, parecía que eso era suficiente para sentirme satisfecho. Pero luego de hacer esto por varios años ya, después de haber tenido la oportunidad de tocar tantas vidas y de sentir ese contacto profundo con otros espíritus libres, soñadores, grandes, amantes de la vida, pues empecé a sentir que podía y que quería ir un poco más allá. 
Entra a www.sali.com.co
Y entonces tuve un sueño. Resulta que es muy normal que a mi número de teléfono móvil me lleguen llamadas de familiares y conocidos para pedirme un consejo sobre qué lugar ir a comer un día cualquiera de la semana. En una llamada de cinco o diez minutos termino tratando de averiguar cuáles son los gustos de los comensales, si tienen un apetito aventurero o les gusta ir a la fija y entonces termino dando dos, tres y hasta cuatro nombres de restaurantes o incluso de hoteles para ir a visitar un fin de semana. Otras veces me encuentro por ahí con algunos que me han expresado su gusto por organizar un día cualquiera una salida a la que les gustaría ir conmigo, así como plan, de hacer un recorrido o algo así por uno o varios lugares en los que podamos disfrutar de unos buenos platos recomendados por mí.

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 Alguna vez entonces me levanté con la idea en la cabeza de buscar un lugar de tantos que conozco y proponerle al dueño o al administrador que me acolitara una locura: yo invitaría a unos cuantos amigos un día a su restaurante y él lo único que tendría que hacer es lo de siempre pero con una pequeña locura adicional, que nos regalara a los que fuéramos a su restaurante, un poquito más de atención. Siempre me ha parecido que una experiencia gastronómica se multiplica cuando he tenido la oportunidad de que el cocinero o el dueño del lugar se sientan conmigo en la mesa y satisfacen mi curiosidad natural, siempre he sido un Juanito preguntón. El sólo hecho de saber un poco sobre la preparación del plato que me he comido, conocer la historia de quien la hizo, profundizar un poco más en las razones por las que el sitio existe, hace que lo que te has comido tenga un sabor adicional, pues me da la sensación de que esa información es un sazonador especial. Lo intenté una o dos veces y la verdad no encontré mucho feeling. No me desanimé, simplemente creí que no era el momento, que tal vez, la idea era buena pero no había llegado el “loquito” que necesitaba.

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Y entonces aparece Esteban Páez, un periodista argentino que se vino a Colombia a probar suerte, que terminó en un restaurante de Medellín como administrador y tuvo la suerte de que al invitar a la marca para la que trabaja, fuera propuesto como el vocero que me acompañaría en la realización de uno de mis programas de radio. Sí, hicimos entonces el programa Salí a La Pampa Parrilla Argentina y fue un éxito. Adicional a esto, este ciudadano austral es un ser humano muy especial, tiene una energía vital arrolladora, su personalidad es muy atractiva y ama el mundo de las comunicaciones, por tanto sentí que tal vez, había llegado la hora de volver a poner a prueba mi sueño aquel de vivir una experiencia especial con varios amigos… sólo tuve que sugerirlo, la idea cobró vida de inmediato al entrar en su cabeza. Nos pusimos manos a la obra.

Hoy pues les estoy participando del éxito rotundo, me atreveré a calificarlo así porque me animaron varios de los asistentes a hacerlo, del primer evento gastronómico que se me ha ocurrido realizar, con el apoyo de mi amigo argentino Esteban Páez y una de las marcas más prestigiosas y destacadas de la ciudad de Medellín: La Pampa Parrilla Argentina.
La cita fue el 7 de junio a las 7:30 de la noche. Escogimos un miércoles como el día perfecto para realizar el evento pues es uno de esos días en que el personal del restaurante estaría casi a nuestra entera disposición. Esteban se encargó con su equipo de armar un menú especial para la ocasión, que constó de tres momentos deliciosos y particulares muy propios de la marca y que ofrecería a los comensales una experiencia redonda con entrada, plato fuerte y postre tradicional típicos de la república Argentina. Un especialista en vinos nos acompañaría para enseñarnos a maridar perfectamente con vino cada platillo, Esteban y su grupo de trabajo nos contaría sobre la comida y su tradición en su país, y por supuesto, todo esto en medio del espléndido y acogedor ambiente que ofrece el local en el que realizaríamos el evento, que es el más joven de la familia La Pampa, pues es el punto de venta que está a una cuadra y media del segundo parque de Laureles y que tiene unos pocos meses de haber sido abierto.
Se llegó el día y la hora del evento. Uno a uno fueron llegando las veinte almas sibaritas llenas de expectativas y con los ojos brillantes. Mi sonrisa no podía ser más amplia, mi corazón no podía latir más fuerte, estaba rozagante y ansioso. Salí a la noche pampeña fue un evento cerrado previa reserva para veinte personas, pues así se planeó desde un principio para poder tener todo bajo control. A las ocho de la noche se dio inicio oficialmente con una bienvenida por parte de la administración del restaurante, por supuesto en manos de Esteban, se me dio la oportunidad a mí de expresar mi profunda alegría de tener el honor de contar con la presencia de los asistentes y entonces el sommelier Daniel García, un destacadísimo y muy reconocido enólogo de la ciudad, que vino en representación de Productos Patagonia, inició con su exquisita cata de vinos.

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Hay que destacar que este joven sommelier tiene una manera muy especial de acercar a sus conferenciados al mundo del vino. Es absolutamente descomplicado, fresco, didáctico y dinámico. Entre chiste y chanza te hace saber todo lo que necesitas con respecto a la bebida más consumida del mundo. Te cuenta de su lugar de origen, de la forma correcta de mirarlo, olerlo y saborearlo, te hace sentir muy cómodo con la idea de maridar un vino rosado con una empanada argentina, luego un tinto con la carne de cerdo asada y por último un blanco con un postre de alfajor argentino y helado. Los asistentes se rieron, interactuaron con Daniel, le preguntaron, expresaron sus temores, quisieron saber si podrían tomar vino en la casa con sus comidas normales, le preguntaron sobre precios, tabúes, paradigmas, cepas, colores, marcas, corchos, tapas… en fin. La noche avanzó rápido, se quedó corta para disfrutársela completa, al final de todo no pude ver más que rostros iluminados por sonrisas sinceras, paladares satisfechos pero con ganas de más, de más conocimiento, de más experiencias enriquecedoras, de más espacios como este para pasar con amigos.

Esteban nos contó a los asistentes sobre los tres platos que consumimos, las empanadas argentinas, rellenas de sabor y de historia que acompañamos con un vino rosado joven del norte de Argentina se encargó de abrir el apetito. Luego vino el plato fuerte, una deliciosa y perfectamente asada bondiola, que es un corte de cerdo, es la punta del lomo, su textura es firme y a la vez suave al ponerse en contacto con el paladar, su presentación era muy bella pues estaba muy bien grillada, muy bien sazonada; venía acompañada de papa al vapor con crema agria o con un puré de papa suave y cremoso, además traía una salsa demiglasé potente y sabrosa que puesta sobre el trozo de carne o mezclada con el puré, te hacía estallar las papilas gustativas en sabores para recordar toda la vida. El vino tinto con que se maridó, también argentino, sorbo a sorbo con cada bocado, se encargó de potencializar la experiencia y elevar la noche hasta puntos insospechados. Luego se vino el momento del postre, un alfajor envuelto en chocolate, combinado con un cremoso y suave helado. La cara de los comensales lo decía todo, en especial la de ellas, las mujeres, que sin miedo a equivocarme, me atrevo a decir que sintieron que las estaban consintiendo. Este postre se maridó con un vino blanco suave, exquisito, que redondeó la noche con sus aromas afrutados y seductores.

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Como si fuera poco, La Pampa nos tenía un regalo adicional a todo lo que teníamos ya, pues nos ofreció alimento para el alma también con la presentación de un grupo musical oriundo de Argentina, que nos deleitó con tangos y milongas interpretadas en vivo, con un sabor muy propio y sentido y que sin decir menos, nos llevó hasta al país de Eva Perón, de Carlos Gardel y de Tita Merello, aquella que cantó esa canción que conocimos todos aquí por la novela Betty La Fea, esa que dice; “se dice de mí, se dice que soy fea, que camino a lo malevo, que soy chueca y que me muevo con un aire compadrón”.

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A eso de las nueve y media de la noche, cuando ya todo se hubo consumado, se empezaron a dejar venir para mí los verdaderos frutos de la noche. Me despedí de todos agradeciendo haber aceptado la invitación a compartir conmigo esta velada maravillosa y entonces se rompió la noche en aplausos, que no tomé para mí, sino para ellos por haberse dejado seducir, sí, se estaban aplaudiendo a ellos mismos porque estaban felices, plenos, satisfechos. Claro, aplaudieron a La Pampa Parrilla Argentina por su impecable presentación y por ofrecernos la posibilidad de vivir un momento tan digno de VIP, de personas muy importantes. Seguí cosechando pues esa noche al ver que al despedirse, todos y cada uno de los veinte asistentes quisieron venir a despedirse con besos, abrazos, espaldarazos y apretones de manos muy sinceros y profundos. Escuché agradecimientos de todo tipo y en especial peticiones, expresiones de la necesidad de continuar con la realización de eventos de este tipo en el que se ofrezca la oportunidad de acercarse a la buena gastronomía, al vino, a las marcas importantes de la ciudad y a otros amigos que persiguen la satisfacción de los sentidos, guiados y acompañados por otros espíritus libres, soñadores y aventureros.

Usa #SalíAComer en tus publicaciones gastronómicas
Entonces sí, un día tuve un sueño, otro día lo hice realidad y hoy quiero seguir soñando y realizando más de este tipo. Me he dado cuenta de que esta será una muy buena oportunidad para ustedes y para mí de crecer y profundizar en un mundo en el que no hay forma de perder por ningún lado. Quiero hacer crecer esta comunidad, deseo que más y más amigos se unan a estas oportunidades de hacernos felices juntos a través de la noble satisfacción de los sentidos. Vamos a vivir la vida como nos la merecemos, vamos a decir juntos entonces #Salí a comer, a viajar, a vivir.
 

P.D. No sé si he sido lo suficientemente justo con la cantidad y forma de agradecimientos que tengo para con el equipo de trabajo de La Pampa Parrilla Argentina. A Esteban, a Elio, al equipo de cocina, a los meseros, a los administrativos, a los amigos de los demás puntos de venta, Gracias por mil y mil bendiciones, empresas como la de ustedes, marcas como la suya hacen grande a la ciudad de Medellín, a Colombia y por supuesto a su hermoso país Argentina. 


jueves, 14 de septiembre de 2017

TOCADO POR LAS ALAS DE UN ÁNGEL – SALÍ AL SALTO ÁNGEL EN VENEZUELA

Eso de cumplir un sueño que se ha abrigado por muchos años no es cosa de todos los días, y cuando es hora de cumplirse, pues te modifica por dentro y por fuera. Mi estancia en Venezuela ya llevaba seis días (Mira las anteriores “salidas” de mi blog si quieres saber más) y para el amanecer del sábado 17 de diciembre de 2016 la ansiedad apenas me dejó dormir. Antony, el guía responsable de mi persona en el Parque Nacional Canaima me pidió que estuviera en el comedor de Excursiones Kavak, hotel en el que me hospedaba, a las 6:20 am para desayunar y además me dijo que debía llevar todo mi equipaje conmigo pues luego de arribar de la excursión al Salto Ángel al día siguiente, llegaríamos casi directos al aeropuerto.

El reloj de mi celular siempre marcó la hora colombiana, así que por la diferencia horaria puse la alarma a las cuatro de la mañana y me pasé toda la noche mirando a cada rato el bendito aparato, impulsado por un temor infundado a no escuchar la señal. Tal vez les parezca inentendible, es más, ahora para mí lo es, pero el grado de ansiedad en ese momento era tal que dormir era casi imposible.

Desayuné junto a mi nuevo amigo italiano, Marco Passini y estuvimos en el embarcadero a eso de las ocho de la mañana. En esta aventura nos acompañarían también Carlos, el caraqueño y la ciudadana francesa Marie, que estuvieron con nosotros en la excursión del día anterior a los saltos en la laguna Canaima (Ver aquí). Los guías tardaron más o menos media hora en cargar la curiara con nuestras maletas, implementos para nuestra alimentación y comodidad en el viaje, las hamacas para la dormida en el campamento río arriba y un misterioso paquete muy pesado que tuvieron que subir entre dos, del cual pude saber su naturaleza e imperiosa necesidad, luego.

Varias veces durante mi estadía en el Parque se me dijo que estábamos en temporada de verano y que por tanto el nivel del agua de los ríos estaba bajo, así que iba a ser muy probable que en varias ocasiones a los hombres del paseo, nos iba a tocar bajarnos de la curiara para cargarla en aquellas partes por dónde no pudiera navegar. Cuando te lo dicen y al ver la gracia y agilidad con la que la nave surca las aguas del río Carrao y de la laguna Canaima, tu reacción normal es: “pa’ las que sea, no problem, cuenten con eso”. Pero entonces, a la hora de partir nos piden que ayudemos a empujar el bote para desatascarlo de la playa y emprender el viaje; entonces, comienzas a calcular lo que se te viene pierna arriba.

Estas embarcaciones que miden entre siete y diez metros de larga, por uno y medio de ancho, están hechas de un solo tronco de madera del árbol de Laurel, pues este material es el único lo suficientemente duro para resistir los golpes que recibe de las piedras del lecho del río en sus viajes. Pues bien, ya cargada la curiara con el equipaje, la verdad, esa cosa de que de pronto habría que “cargarla” varias veces en el viaje cobra otra dimensión. Me explico contando que, el capitán de la lancha estaba en su lugar junto al motor, tres indígenas parte del equipo junto con Antony empujaban con el agua hasta las rodillas o hasta la cintura ayudados por Carlos, Marco y yo, y el último del equipo de guías, para completar cinco, un pemón pequeño en estatura pero con un torso inmenso, que era el encargado de la navegación e iba sentado en la punta de la curiara para indicar el camino más seguro, estaba apalancando con un remo robusto de unos metro y cincuenta centímetros de alto tallado en Laurel, que por cierto tenía un peso ridículo para una pieza de madera de esas dimensiones, hundiendo la punta de la pala en la arena y empujando desde la quilla, y aun así, a pesar de todas las fuerzas aplicadas que he mencionado, la “verrionda” lancha se negaba a moverse. Casi que no logramos ponerla a flotar en las aguas del río. Desde ese momento no hice más que preguntarme ¿Cuánto podría pesar la embarcación, solita, sin cargar? Si el remo cuyo peso pude comprobar en una parada técnica que hicimos luego río arriba pesaba lo que pesaba, ¿de cuántos kilogramos podríamos estar hablando al referirnos a ese solo tronco? No ¿Y cuánto podría pesar cargada con todo lo que llevaba? Pero en lo que no podía dejar de pensar era en ¿Qué diablos íbamos a hacer en esos lugares del río en el que había que bajarse para cargarla?

Arrancó el viaje que se me antojó mágico desde el principio. El ronroneo de motor, las chispas de agua levantadas por el corte de la quilla de la nave y empujadas al rostro por el viento, el ancho, oscuro y vivo río Carrao que se veía como una cinta tirada de cualquier manera en medio de llanura y selva, el sol en un cielo amable con algunas nubes que nos protegían de una casi segura insolación si no hubiesen estado ahí, pero en especial el suspenso con el que comienzan a aparecer en la lejanía las montañas más antiguas de la superficie del planeta, en especial la más esperada, el gigantesco Auyantepuy, un coloso de piedra con más de 700 kilómetros cuadrados que genera sus propias nubes y que gracias a la cantidad de lluvia y de la capa vegetal que cubre su superficie, tiene su propio río, cuyo curso termina precipitándose por una de sus paredes verticales y termina creando  la caída de agua más alta del planeta: 982 metros desde el tope hasta el lugar en el que se convierte de nuevo en un rio que va a confluir en el río Churrún y éste termina desembocando en el río Carrao que es el que remontamos desde el puerto del Parque Canaima.

Un tepuy es una montaña rocosa que está en pie porque su dureza pudo soportar la erosión mejor que su entorno, por eso su forma particular, pues parecen unos enormes pedazos de pastel hechos por capas de diferentes sabores; verlas con mis propios ojos me producía una extraña sensación de estar mirando hacia el pasado…  a veces, confieso, esperaba que en cualquier momento apareciera por encima de los árboles, el cuello alargado de un brontosaurio. No por nada se eligieron estas selvas y sus estepas para filmar la película Jurassic Park.

El viaje aunque divertido y lleno de sorpresas, fue algo largo pues de tres horas más o menos que dura hasta el salto, el nuestro tardo unas cinco, ya que el motor comenzó a fallar a eso de una hora de haber zarpado. Eso nos obligaba a detenernos cada cierto tiempo para que los cinco hombres pemones que iban con nosotros desarmaran el motor, limpiaran el carburador, armara y volvieran a poner a funcionar la máquina. Esto nos pasó varias veces. Con respecto a tener que bajarnos para empujar o cargar la canoa, en realidad fue necesario dos veces, pero sólo una nos bajamos todos para caminar y vadear unos rápidos que la curiara superó con el conductor, la carga y el navegante, mientras los demás nos adelantábamos para subirnos de nuevo más adelante y seguir. Nos detuvimos otra vez en una isla llamada Orquídea, muy bella, de arena rosada, en la que se hace siempre una parada para descansar, estirar las piernas y en la que hay posibilidad de bañarse en el río, cosa que ninguno de nosotros hizo, la verdad estábamos cansados, con el culo plano por la tabla en la que íbamos sentados y ansiosos por ver el salto. Una hora antes de llegar nos detuvimos de nuevo para almorzar un par de sánduches de jamón y queso con jugo de durazno Shake it, y para descubrir que el paquete misterioso y pesado que habían subido en el puerto era otro motor. Con ese logramos llegar por fin.

No sé cómo calificar el sentimiento que me produjo ver por primera vez el Karepakupay vená, que traduce: Salto desde lo profundo, porque los indígenas que siempre han habitado estos parajes, creían que el salto era una puerta a otro mundo. Aunque siempre estuve pendiente de su aparición y lo esperaba luego de cualquier curva del río, cuando finalmente apareció ante mis ojos, no pude evitar dar un grito de emoción. Ya faltaba poco para estar a sus pies, para bañarme en sus aguas.

Se llega a un recodo del río en el que te hacen descender de la curiara y comienzas a caminar por una selva muy tupida pero que por el tránsito constante de personas ya tiene un camino definido. La vegetación es increíblemente abundante, verde de todos los tonos, con hojas de todos los tamaños y formas, y no me creerán esto pero, durante todo el camino pisé raíces, es decir, el piso es en un enorme porcentaje, vegetal. Eventualmente mientras caminábamos se sentía que comenzaba a llover y de repente se detenía, luego comprendí que eso que sentía no era lluvia, sino que era agua de la caída que se esparcía por la selva que la circunda. Verán, el salto es tan alto que el agua mientras cae se particulariza por cuenta del viento y entones se esparce como lluvia varios kilómetros a la redonda.

Cuarenta minutos de caminata más y por fin llegué a la razón de todo lo que propició este maravilloso viaje. El último tramo antes de llegar al mirador oficial a pies del salto es un acenso en el que a veces toca casi que escalar, asiéndote de las mismas raíces que conforman el suelo. Mi compañero de viaje Marco, que iba delante de mí se desvió en un recodo del camino y no siguió al grueso del grupo, descubrió un caminito que me invitó a seguir con él para descubrir un balcón VIP exclusivo para dos personas desde el cual pudimos ver, admirar, maravillarnos, disfrutar y enloquecernos con la visión más esperada y soñada por mí, toda mi vida.

Es más de lo que pensé, más de lo que imaginé, mucho, mucho más de lo que esperé. Allí me deleité e hice varias fotos y videos para la posteridad. Cuando llegué al mirador oficial me encontré con otras tres excursiones, así que en total éramos unas cuarenta personas de todas partes del mundo y sin embargo no encontré en los ojos de nadie más, una conexión profunda con lo que yo estaba experimentando. Todos estaban desesperados por tomarse la foto pal Face, así que estaban más pendientes de tenerlo a sus espaldas y en sus fotografías. Yo no podía, no quería dejar de mirarla. Mi mandíbula colgaba, los ojos abiertos como si se me quisieran salir, el cuello estirado y la nuca arrugada para sostener mi cabeza en la posición que me exigía para poder seguir viéndolo. Me lo quería grabar a fuego en la mente, para poder disfrutar de esa visión siempre. Imagínense que una nube de lluvia llegó y lo cubrió todo, comenzó a llover copiosamente en minutos. Todo el mundo corrió a esconderse del agua, yo llevaba un poncho impermeable que me permitió quedarme solo, ahí, sentado, embobado, meditando, dándole gracias a Dios por su creatividad y generosidad al crear semejante lugar, pero en especial, dándole gracias a ese niño de hace treinta años por haberse hecho esa promesa de algún día conocer este lugar y al yo de ahora por haber hecho todo lo posible y necesario para estar ahí, ese día, a esa hora, mojándome con las aguas del Salto Ángel… me sentía tocado por algo especial, era en ese momento y lo soy desde ese momento justo, la persona más especial del planeta.
Cuando salí del trance bajé al pozo que se forma en la base del salto; es increíble el caudal que tuve la oportunidad de ver. En primer lugar, se suponía que había comenzado la temporada de verano, así que habría menos agua y hasta los guías estaban desconcertados con la cantidad, tanto que no tuvimos que bajarnos ni una sola vez a empujar como lo tenían presupuestado, y en segundo lugar, al mirar hacia arriba, a un kilómetro de distancia de dónde yo estaba, se veía el agua comenzar a caer en caudal, pero a medida que bajaba se deshacía y se convertía en un velo de agua, casi como vapor, y justo en la base de la piedra no se ve un solo hilo de agua, y aun así yo estaba en ese momento asustado, rogando por no resbalar y caer en una corriente muy fuerte que amenazaba con llevarme río abajo.

¡Qué lugar mágico! Qué increíble, ¡Qué maravilla!
Luego de unas dos horas bajamos caminando para deshacer lo andado y regresar al río en donde nos esperaban los guías para llevarnos al campamento donde pasaríamos la noche. Un recinto construido casi a pie del salto, cruzando el río desde el lugar en el que se comienza la caminata para llegar a él; es un complejo conformado por cuarto estructuras, dos casas con muros y puertas en las que quedan los baños, una bodega para guardar cosas importantes como las bombas de agua y los generadores de electricidad a diesel bajo llave y la cocina. Las otras dos estructuras conformaban un techo en forma de una enorme “L”, sin paredes y con muchos travesaños que se usan como techo del comedor y la otra como techo para las hamacas donde pasaríamos la noche.

Cuando llegamos, nos dieron la oportunidad de bañarnos y de ponernos ropa seca. En un rato nos llamaron a la mesa y tuve la fortuna de comprobar que a los pemones les gusta mucho comer porque la cena fue en “opípara pitanza”. El platillo de esa noche consistió en arroz cocido, ensalada de vegetales frescos, dos presas de pollo “extraterrestre” que debían de tener el tamaño de un pavo, muy bien asadas, pan tajado y piña para el postre.
Estábamos cansados, pues nos fuimos a dormir tan pronto terminamos de comer. Los guías nos lo sugirieron en todo caso porque al día siguiente saldríamos a las 5:30 de la mañana para alcanzar a desayunar en el Parque Canaima y abordar el avión de salida. Eso de dormir en hamaca es toda una experiencia. Yo lo había hecho en otras ocasiones y sabía lo que me esperaba. Para mis nuevos amigos Marco el italiano y Marie la ciudadana francesa no fue tan “Cool” un par de horas después, cuando la espalda ya no encuentra forma de acomodarse y mucho menos, a eso de la media noche, cuando la temperatura descendió a unos doce grados centígrados. Aunque nos dieron unas frazadas para cubrirnos, créanme que no fue fácil superar la noche. Hay que ponerse medias en los pies, pantalones largos, un saco y taparse la cabeza con algo más, ya sea la chompa del saco o un gorro.

A las cinco de la mañana sentí hablar a los guías en su lengua pemón y supe que era la hora de levantarse. Estaba oscuro todavía, tuvimos que desarmar campamento, cambiarnos de ropa y ordenar maletas a la luz de las linternas y cuando apenas despuntaba el alba ya íbamos río abajo, dejando a nuestras espaldas ese salto de agua con el que soñé toda mi vida y con el que seguiré soñando hasta el fin de mis días, sólo que ahora con mis propias imágenes, las captadas por mis propios ojos en la más grande aventura que he emprendido en mi historia personal.

El viaje no había terminado, otra cosa sorprendente que terminó de redondear la experiencia me pasó antes de llegar al parque, pero eso es material de otra entrada.
Yo #Salí a cumplir mi sueño, salí a ser tocado por las alas de un Ángel, Salí a saltar desde lo más profundo de mis ideales a la más bella de mis realidades. Conocí, me bañé en las aguas del Salto Ángel y ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Todo gracias a Marilyn Moscoso y a su agencia de viajes Publitravel. Si te animás te propongo que la busqués y vivás esto mismo que yo viví. Salí a Venezuela a conocer una de las maravillas naturales del planeta, porque a todos nos gusta salir a comer, a viajar, a vivir.

Mira el video de la experiencia aquí:

lunes, 21 de agosto de 2017

MENOS MAL QUE TENÍA HAMBRESITA – SALÍ A LA CALLE DEL HAMBRE – VENEZUELA


“Genio y figura hasta la sepultura”, esa frase la usaba mi abuelita para referirse a esos rasgos de la personalidad de alguien, que le destacan y de los cuales no puede escapar ni aunque tratase de ocultarlos. Pues bien, uno de los míos es el de mi relación con la comida. Yo soy grandecito así que el hecho de que tenga una corporalidad abultada sumada a que me encanta hablar de comida, por supuesto hace deducir a cualquiera que me conozca que soy un comilón, es decir, que me gusta comer rico y en grandes cantidades. Y no…  no lo dude, porque eso es completamente cierto y esa es la razón principal por la cual existe este blog.

La anterior imagen de tequeños fue tomada prestada de la página: https://www.clasf.co.ve/pasapalos-mini-teque%C3%B1os-pastelitos-25-unid-en-venezuela-2897903/
Pues bien, cuando llegué a Venezuela y comencé a conocer a todas esas personas maravillosas que hicieron parte de mi experiencia, por su puesto en nuestras conversaciones se hizo obvio el tema de la comida. Mi naturaleza preguntona atacó por todos los flancos con el ánimo de saber sobre la comida típica, las plazas de mercado, los restaurantes y ofertas gastronómicas, el concepto mismo de comer, si se hace solo, en familia, entre amigos, en pareja, sobre la comida del día a día, del mecato que en Puerto Ordaz es conocido como “bala fría”, mientras que en otras partes de Venezuela se le conoce como “pasapalos”, y pregunté muy especialmente por el concepto de comida callejera, porque andaba antojadísimo de un producto que a mi modo de ver, tenía inundada la ciudad. Para que se hagan una idea de a qué grado está ese producto presente en la vida de los guayaneses: es como si alguien viniera a Medellín y empezara a ver como en cada vitrina, en cada tienda, en cada esquina, hay empanadas. Allá en Venezuela, el producto que se merece esta comparación se llama: “Tequeño” que es un envuelto en masa frita y que por dentro trae en especial, queso, pero también dulce de guayaba, o pollo, o carnes frías, incluso vi unos “tequeños sofisticados” rellenos de carne de cangrejo. Voy a decir algo para que me entiendan más fácil pero que bien me podría estar haciendo merecedor de un “calvazo” de mi amigo Carlos Placencia, el alcahuete gastronómico que fue quien más me ilustró en ese ámbito en mi estancia en Puerto Ordaz, y estoy seguro de que a él no le gustaría mucho mi comparación, porque es muy diferente, pero que me parece válida a modo de ilustración. El tequeño a simple vista, parece un humilde palo de queso –aquí vendría el calvazo- pero no lo es, aunque te pongan mermeladas para disfrutarlo. La masa es diferente porque aunque es frita no es tan grasosa y el queso que trae por dentro es el queso guayanés, que como ya se los dije en un post anterior, es de allá y punto.

En una de esas conversaciones con Carlos, no sé, tal vez al verme tan curioso y deseoso de saber más de su cultura y además, como yo finalmente en la Posada Merú tenía el desayuno cubierto, pero el almuerzo y la comida no, pues, a modo de solución me ofreció la oportunidad de matar dos pájaros de un solo tiro y se ofreció como guía y acompañante para llevarme a conocer un lugar que me gustó mucho y me impactó, al que se va a comer sólo comidas rápidas; y el nombre que tiene está que ni pintado pues me iba a llevar a conocer “La calle del hambre”.

Fuimos a mitad de la semana, un miércoles, así que asumo que los fines de semana este lugar ha de ser un completo hit. Don Marcelino, el señor encargado de transportarme por la ciudad, nos llevó a eso de las siete de la noche. El lugar queda en medio de un sector residencial, está rodeado por todos los flancos de urbanizaciones de todo tipo; a primera vista es un inmenso lote pavimentado del tamaño de una cuadra. No está encerrado por mallas ni nada que se le parezca, sólo lo enmarca la acera que lo circunda y eso sí, tiene un solo punto de entrada y de salida por la calle principal. En todo el marco interno hay ubicados una variopinta suerte de foodtrukcs con ofertas simples y complicadas. Al frente de cada propuesta hay un espacio bastante amplio destinado para mesas y sillas, muchas, no supe si lo que se pone al frente pertenece a cada puesto de comidas o eso está destinado por la administración del complejo, sin embargo al cálculo, asumo que al frente de cada carro restaurante hay entre veinte y treinta mesas plásticas con suficientes bancas para sentar a un batallón.

Imaginen pues un lugar como este del tamaño de una cuadra, cuyos bordes externos tienen foodtrucks con propuestas de hamburguesas, perros, sánduches, pollo frito, tequeños, comida tex mex, comida china, sushi, wafles, en fin, una segunda línea interna marcada por mesas y sillas para los comensales, la tercera línea es para la circulación de los vehículos en una sola dirección, y el centro del lugar está destinado para el parqueo. El concepto lo confieso no lo conocía, me gustó y según me contaron, no es sólo de esta ciudad, sino que “calles del hambre” en Venezuela, hay muchas… (por supuesto, estoy hablando del concepto).

Ese miércoles que me llevaron, el sitio estaba muy concurrido. Al llegar le quise dar una vuelta al lugar, a pie, para poder dimensionar todo. Como toda esta aventura comenzó conmigo preguntando por la comida típica y las costumbres de los lugareños, el sitio indicado para esta incursión gastronómica era por supuesto el foodtruck de sushi… — ¿Ya frunciste el ceño? Si no, es porque no estás prestando atención—. A ver, el puesto obvio era el que ofrecía la comida rápida típica venezolana: Sorry Fast Food, un foodtruck muy colorido, decorado con el tricolor amarillo, azul y rojo, pero no sólo de la bandera venezolana, sino también de la colombiana, porque el dueño es un paisano. Tuvimos que hacer fila y conseguir mesa luego, aunque no fue difícil, tampoco fue cuestión de escoger el lugar que más nos gustaba, si no el que más se acercara a nuestro gusto.

El menú ofrece unos treinta platos, aunque muchos son simples variaciones de otros, todos eso sí, reconocibles o medianamente reconocibles porque también en eso somos muy parecidos. Carlos quería que yo probara de todo y bueno, casi me mata porque si bien no fue todo, cosa por demás imposible, si se pidió lo más grande y bastantudo de todo.

Pagamos en la caja unos $19.000 BVs y a la mesa llegó:
Una hamburguesa de carne de res y de pollo. Este “pequeños pedacitos de alegrías” como diría Apu el de los Simpsons, no era pequeña, tenía unos muy buenos pedazos de carne de res asada, ojo, en filete, no era molida y el de pollo era igual; muy bien condimentados y jugosos, venían metidas entre una deliciosa ensalada de repollo, zanahoria y piña, traía tomate en rodajas y por supuesto queso, pero rayado y un buen pan dorado con sus respectivas y características semillas de ajonjolí. Me la comí con ganas, estaba rica y era de buen tamaño, cosa que agradecí pero no tanto porque la hamburguesa —que no sé si debería llamarse así, o sí sería más apropiado llamarla sánduche— era apenas el aperitivo de esta experiencia.

El plato fuerte era un Pepito de 80 cms. Confieso que no conocía el concepto y sin embargo me es familiar, ya ustedes juzgarán. La base del producto es un pan alargado, como una baguette, te lo venden de 40 cms, 80 cms y hasta de un metro; está abierto por encima, como un perro y te ponen adentro una ENORME cantidad de cosas deliciosas. Carlos por supuesto pidió el más completo de todos que a la final, parecía una picada de carnes con ensalada y salsas metida en un pan. Traía carne de res, de cerdo y de pollo cortadas en trozos, cebolla blanca picada, tomate picado y lechuga, traía tocineta y salsas de combate…  estaba ¡de infarto! Literal y figurativamente hablando. Muy sabroso, en verdad os digo hijos míos, sin embargo, combinado con la hamburguesa quedé casi que de hospital. He de confesar que primero me comí sólo la mitad, por supuesto, compartí con mi anfitrión, no faltaba más, segundo, me lo comí todo con gusto, como di no me hubiera comido antes otra cosa, y tercero, que la sensación del pan no me pareció la correcta, porque es de corteza dura y me hacía sentir inseguro al dar el mordisco, me dio miedo al comerlo de que me lastimara las encías o el paladar.

El banquete lo pasamos con té de dispensador, ya saben, por aquello de que hay que cuidar la línea, y con una bebida en la que Carlos insistió mucho que tenía que probar, es una bebida gaseosa nacional, esa que es característica de los venezolanos, mejor dicho, la que a ellos es, como la Colombiana a nosotros… No, y no es la Maltín Polar, que era la que yo pensaba que los representaba, la que me tomé se llama Frescolita, es roja, burbujeante y tiene un sabor muy parecido a la Kola Román que se toma en la costa caribe colombiana.

#SalíAComer a la #CalleDelHambre en Puerto Ordaz Venezuela, y prometo que esa experiencia se va a quedar en mi memoria hasta que esté viejito. Los sabores fueron muy pero muy buenos, el concepto del lugar me ha gustado y me impactó por el tamaño, pero en especial, me ha gustado porque ha sido mi primera experiencia de comida callejera internacional y como las primeras veces no se olvidan…  sin embargo la compañía que tuve también hizo de esta experiencia algo único, porque hice un amigo, Carlos Placencia, para toda la vida. Bueno, yo #Salí a Venezuela y tuve una deliciosa, llenadora y gastronómicamente alocada experiencia, ahora te toca a vos, salir a comer, a viajar, a vivir.

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