Nuestro lema

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lunes, 21 de agosto de 2017

MENOS MAL QUE TENÍA HAMBRESITA – SALÍ A LA CALLE DEL HAMBRE – VENEZUELA


“Genio y figura hasta la sepultura”, esa frase la usaba mi abuelita para referirse a esos rasgos de la personalidad de alguien, que le destacan y de los cuales no puede escapar ni aunque tratase de ocultarlos. Pues bien, uno de los míos es el de mi relación con la comida. Yo soy grandecito así que el hecho de que tenga una corporalidad abultada sumada a que me encanta hablar de comida, por supuesto hace deducir a cualquiera que me conozca que soy un comilón, es decir, que me gusta comer rico y en grandes cantidades. Y no…  no lo dude, porque eso es completamente cierto y esa es la razón principal por la cual existe este blog.

La anterior imagen de tequeños fue tomada prestada de la página: https://www.clasf.co.ve/pasapalos-mini-teque%C3%B1os-pastelitos-25-unid-en-venezuela-2897903/
Pues bien, cuando llegué a Venezuela y comencé a conocer a todas esas personas maravillosas que hicieron parte de mi experiencia, por su puesto en nuestras conversaciones se hizo obvio el tema de la comida. Mi naturaleza preguntona atacó por todos los flancos con el ánimo de saber sobre la comida típica, las plazas de mercado, los restaurantes y ofertas gastronómicas, el concepto mismo de comer, si se hace solo, en familia, entre amigos, en pareja, sobre la comida del día a día, del mecato que en Puerto Ordaz es conocido como “bala fría”, mientras que en otras partes de Venezuela se le conoce como “pasapalos”, y pregunté muy especialmente por el concepto de comida callejera, porque andaba antojadísimo de un producto que a mi modo de ver, tenía inundada la ciudad. Para que se hagan una idea de a qué grado está ese producto presente en la vida de los guayaneses: es como si alguien viniera a Medellín y empezara a ver como en cada vitrina, en cada tienda, en cada esquina, hay empanadas. Allá en Venezuela, el producto que se merece esta comparación se llama: “Tequeño” que es un envuelto en masa frita y que por dentro trae en especial, queso, pero también dulce de guayaba, o pollo, o carnes frías, incluso vi unos “tequeños sofisticados” rellenos de carne de cangrejo. Voy a decir algo para que me entiendan más fácil pero que bien me podría estar haciendo merecedor de un “calvazo” de mi amigo Carlos Placencia, el alcahuete gastronómico que fue quien más me ilustró en ese ámbito en mi estancia en Puerto Ordaz, y estoy seguro de que a él no le gustaría mucho mi comparación, porque es muy diferente, pero que me parece válida a modo de ilustración. El tequeño a simple vista, parece un humilde palo de queso –aquí vendría el calvazo- pero no lo es, aunque te pongan mermeladas para disfrutarlo. La masa es diferente porque aunque es frita no es tan grasosa y el queso que trae por dentro es el queso guayanés, que como ya se los dije en un post anterior, es de allá y punto.

En una de esas conversaciones con Carlos, no sé, tal vez al verme tan curioso y deseoso de saber más de su cultura y además, como yo finalmente en la Posada Merú tenía el desayuno cubierto, pero el almuerzo y la comida no, pues, a modo de solución me ofreció la oportunidad de matar dos pájaros de un solo tiro y se ofreció como guía y acompañante para llevarme a conocer un lugar que me gustó mucho y me impactó, al que se va a comer sólo comidas rápidas; y el nombre que tiene está que ni pintado pues me iba a llevar a conocer “La calle del hambre”.

Fuimos a mitad de la semana, un miércoles, así que asumo que los fines de semana este lugar ha de ser un completo hit. Don Marcelino, el señor encargado de transportarme por la ciudad, nos llevó a eso de las siete de la noche. El lugar queda en medio de un sector residencial, está rodeado por todos los flancos de urbanizaciones de todo tipo; a primera vista es un inmenso lote pavimentado del tamaño de una cuadra. No está encerrado por mallas ni nada que se le parezca, sólo lo enmarca la acera que lo circunda y eso sí, tiene un solo punto de entrada y de salida por la calle principal. En todo el marco interno hay ubicados una variopinta suerte de foodtrukcs con ofertas simples y complicadas. Al frente de cada propuesta hay un espacio bastante amplio destinado para mesas y sillas, muchas, no supe si lo que se pone al frente pertenece a cada puesto de comidas o eso está destinado por la administración del complejo, sin embargo al cálculo, asumo que al frente de cada carro restaurante hay entre veinte y treinta mesas plásticas con suficientes bancas para sentar a un batallón.

Imaginen pues un lugar como este del tamaño de una cuadra, cuyos bordes externos tienen foodtrucks con propuestas de hamburguesas, perros, sánduches, pollo frito, tequeños, comida tex mex, comida china, sushi, wafles, en fin, una segunda línea interna marcada por mesas y sillas para los comensales, la tercera línea es para la circulación de los vehículos en una sola dirección, y el centro del lugar está destinado para el parqueo. El concepto lo confieso no lo conocía, me gustó y según me contaron, no es sólo de esta ciudad, sino que “calles del hambre” en Venezuela, hay muchas… (por supuesto, estoy hablando del concepto).

Ese miércoles que me llevaron, el sitio estaba muy concurrido. Al llegar le quise dar una vuelta al lugar, a pie, para poder dimensionar todo. Como toda esta aventura comenzó conmigo preguntando por la comida típica y las costumbres de los lugareños, el sitio indicado para esta incursión gastronómica era por supuesto el foodtruck de sushi… — ¿Ya frunciste el ceño? Si no, es porque no estás prestando atención—. A ver, el puesto obvio era el que ofrecía la comida rápida típica venezolana: Sorry Fast Food, un foodtruck muy colorido, decorado con el tricolor amarillo, azul y rojo, pero no sólo de la bandera venezolana, sino también de la colombiana, porque el dueño es un paisano. Tuvimos que hacer fila y conseguir mesa luego, aunque no fue difícil, tampoco fue cuestión de escoger el lugar que más nos gustaba, si no el que más se acercara a nuestro gusto.

El menú ofrece unos treinta platos, aunque muchos son simples variaciones de otros, todos eso sí, reconocibles o medianamente reconocibles porque también en eso somos muy parecidos. Carlos quería que yo probara de todo y bueno, casi me mata porque si bien no fue todo, cosa por demás imposible, si se pidió lo más grande y bastantudo de todo.

Pagamos en la caja unos $19.000 BVs y a la mesa llegó:
Una hamburguesa de carne de res y de pollo. Este “pequeños pedacitos de alegrías” como diría Apu el de los Simpsons, no era pequeña, tenía unos muy buenos pedazos de carne de res asada, ojo, en filete, no era molida y el de pollo era igual; muy bien condimentados y jugosos, venían metidas entre una deliciosa ensalada de repollo, zanahoria y piña, traía tomate en rodajas y por supuesto queso, pero rayado y un buen pan dorado con sus respectivas y características semillas de ajonjolí. Me la comí con ganas, estaba rica y era de buen tamaño, cosa que agradecí pero no tanto porque la hamburguesa —que no sé si debería llamarse así, o sí sería más apropiado llamarla sánduche— era apenas el aperitivo de esta experiencia.

El plato fuerte era un Pepito de 80 cms. Confieso que no conocía el concepto y sin embargo me es familiar, ya ustedes juzgarán. La base del producto es un pan alargado, como una baguette, te lo venden de 40 cms, 80 cms y hasta de un metro; está abierto por encima, como un perro y te ponen adentro una ENORME cantidad de cosas deliciosas. Carlos por supuesto pidió el más completo de todos que a la final, parecía una picada de carnes con ensalada y salsas metida en un pan. Traía carne de res, de cerdo y de pollo cortadas en trozos, cebolla blanca picada, tomate picado y lechuga, traía tocineta y salsas de combate…  estaba ¡de infarto! Literal y figurativamente hablando. Muy sabroso, en verdad os digo hijos míos, sin embargo, combinado con la hamburguesa quedé casi que de hospital. He de confesar que primero me comí sólo la mitad, por supuesto, compartí con mi anfitrión, no faltaba más, segundo, me lo comí todo con gusto, como di no me hubiera comido antes otra cosa, y tercero, que la sensación del pan no me pareció la correcta, porque es de corteza dura y me hacía sentir inseguro al dar el mordisco, me dio miedo al comerlo de que me lastimara las encías o el paladar.

El banquete lo pasamos con té de dispensador, ya saben, por aquello de que hay que cuidar la línea, y con una bebida en la que Carlos insistió mucho que tenía que probar, es una bebida gaseosa nacional, esa que es característica de los venezolanos, mejor dicho, la que a ellos es, como la Colombiana a nosotros… No, y no es la Maltín Polar, que era la que yo pensaba que los representaba, la que me tomé se llama Frescolita, es roja, burbujeante y tiene un sabor muy parecido a la Kola Román que se toma en la costa caribe colombiana.

#SalíAComer a la #CalleDelHambre en Puerto Ordaz Venezuela, y prometo que esa experiencia se va a quedar en mi memoria hasta que esté viejito. Los sabores fueron muy pero muy buenos, el concepto del lugar me ha gustado y me impactó por el tamaño, pero en especial, me ha gustado porque ha sido mi primera experiencia de comida callejera internacional y como las primeras veces no se olvidan…  sin embargo la compañía que tuve también hizo de esta experiencia algo único, porque hice un amigo, Carlos Placencia, para toda la vida. Bueno, yo #Salí a Venezuela y tuve una deliciosa, llenadora y gastronómicamente alocada experiencia, ahora te toca a vos, salir a comer, a viajar, a vivir.

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