Nuestro lema

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jueves, 14 de septiembre de 2017

TOCADO POR LAS ALAS DE UN ÁNGEL – SALÍ AL SALTO ÁNGEL EN VENEZUELA

Eso de cumplir un sueño que se ha abrigado por muchos años no es cosa de todos los días, y cuando es hora de cumplirse, pues te modifica por dentro y por fuera. Mi estancia en Venezuela ya llevaba seis días (Mira las anteriores “salidas” de mi blog si quieres saber más) y para el amanecer del sábado 17 de diciembre de 2016 la ansiedad apenas me dejó dormir. Antony, el guía responsable de mi persona en el Parque Nacional Canaima me pidió que estuviera en el comedor de Excursiones Kavak, hotel en el que me hospedaba, a las 6:20 am para desayunar y además me dijo que debía llevar todo mi equipaje conmigo pues luego de arribar de la excursión al Salto Ángel al día siguiente, llegaríamos casi directos al aeropuerto.

El reloj de mi celular siempre marcó la hora colombiana, así que por la diferencia horaria puse la alarma a las cuatro de la mañana y me pasé toda la noche mirando a cada rato el bendito aparato, impulsado por un temor infundado a no escuchar la señal. Tal vez les parezca inentendible, es más, ahora para mí lo es, pero el grado de ansiedad en ese momento era tal que dormir era casi imposible.

Desayuné junto a mi nuevo amigo italiano, Marco Passini y estuvimos en el embarcadero a eso de las ocho de la mañana. En esta aventura nos acompañarían también Carlos, el caraqueño y la ciudadana francesa Marie, que estuvieron con nosotros en la excursión del día anterior a los saltos en la laguna Canaima (Ver aquí). Los guías tardaron más o menos media hora en cargar la curiara con nuestras maletas, implementos para nuestra alimentación y comodidad en el viaje, las hamacas para la dormida en el campamento río arriba y un misterioso paquete muy pesado que tuvieron que subir entre dos, del cual pude saber su naturaleza e imperiosa necesidad, luego.

Varias veces durante mi estadía en el Parque se me dijo que estábamos en temporada de verano y que por tanto el nivel del agua de los ríos estaba bajo, así que iba a ser muy probable que en varias ocasiones a los hombres del paseo, nos iba a tocar bajarnos de la curiara para cargarla en aquellas partes por dónde no pudiera navegar. Cuando te lo dicen y al ver la gracia y agilidad con la que la nave surca las aguas del río Carrao y de la laguna Canaima, tu reacción normal es: “pa’ las que sea, no problem, cuenten con eso”. Pero entonces, a la hora de partir nos piden que ayudemos a empujar el bote para desatascarlo de la playa y emprender el viaje; entonces, comienzas a calcular lo que se te viene pierna arriba.

Estas embarcaciones que miden entre siete y diez metros de larga, por uno y medio de ancho, están hechas de un solo tronco de madera del árbol de Laurel, pues este material es el único lo suficientemente duro para resistir los golpes que recibe de las piedras del lecho del río en sus viajes. Pues bien, ya cargada la curiara con el equipaje, la verdad, esa cosa de que de pronto habría que “cargarla” varias veces en el viaje cobra otra dimensión. Me explico contando que, el capitán de la lancha estaba en su lugar junto al motor, tres indígenas parte del equipo junto con Antony empujaban con el agua hasta las rodillas o hasta la cintura ayudados por Carlos, Marco y yo, y el último del equipo de guías, para completar cinco, un pemón pequeño en estatura pero con un torso inmenso, que era el encargado de la navegación e iba sentado en la punta de la curiara para indicar el camino más seguro, estaba apalancando con un remo robusto de unos metro y cincuenta centímetros de alto tallado en Laurel, que por cierto tenía un peso ridículo para una pieza de madera de esas dimensiones, hundiendo la punta de la pala en la arena y empujando desde la quilla, y aun así, a pesar de todas las fuerzas aplicadas que he mencionado, la “verrionda” lancha se negaba a moverse. Casi que no logramos ponerla a flotar en las aguas del río. Desde ese momento no hice más que preguntarme ¿Cuánto podría pesar la embarcación, solita, sin cargar? Si el remo cuyo peso pude comprobar en una parada técnica que hicimos luego río arriba pesaba lo que pesaba, ¿de cuántos kilogramos podríamos estar hablando al referirnos a ese solo tronco? No ¿Y cuánto podría pesar cargada con todo lo que llevaba? Pero en lo que no podía dejar de pensar era en ¿Qué diablos íbamos a hacer en esos lugares del río en el que había que bajarse para cargarla?

Arrancó el viaje que se me antojó mágico desde el principio. El ronroneo de motor, las chispas de agua levantadas por el corte de la quilla de la nave y empujadas al rostro por el viento, el ancho, oscuro y vivo río Carrao que se veía como una cinta tirada de cualquier manera en medio de llanura y selva, el sol en un cielo amable con algunas nubes que nos protegían de una casi segura insolación si no hubiesen estado ahí, pero en especial el suspenso con el que comienzan a aparecer en la lejanía las montañas más antiguas de la superficie del planeta, en especial la más esperada, el gigantesco Auyantepuy, un coloso de piedra con más de 700 kilómetros cuadrados que genera sus propias nubes y que gracias a la cantidad de lluvia y de la capa vegetal que cubre su superficie, tiene su propio río, cuyo curso termina precipitándose por una de sus paredes verticales y termina creando  la caída de agua más alta del planeta: 982 metros desde el tope hasta el lugar en el que se convierte de nuevo en un rio que va a confluir en el río Churrún y éste termina desembocando en el río Carrao que es el que remontamos desde el puerto del Parque Canaima.

Un tepuy es una montaña rocosa que está en pie porque su dureza pudo soportar la erosión mejor que su entorno, por eso su forma particular, pues parecen unos enormes pedazos de pastel hechos por capas de diferentes sabores; verlas con mis propios ojos me producía una extraña sensación de estar mirando hacia el pasado…  a veces, confieso, esperaba que en cualquier momento apareciera por encima de los árboles, el cuello alargado de un brontosaurio. No por nada se eligieron estas selvas y sus estepas para filmar la película Jurassic Park.

El viaje aunque divertido y lleno de sorpresas, fue algo largo pues de tres horas más o menos que dura hasta el salto, el nuestro tardo unas cinco, ya que el motor comenzó a fallar a eso de una hora de haber zarpado. Eso nos obligaba a detenernos cada cierto tiempo para que los cinco hombres pemones que iban con nosotros desarmaran el motor, limpiaran el carburador, armara y volvieran a poner a funcionar la máquina. Esto nos pasó varias veces. Con respecto a tener que bajarnos para empujar o cargar la canoa, en realidad fue necesario dos veces, pero sólo una nos bajamos todos para caminar y vadear unos rápidos que la curiara superó con el conductor, la carga y el navegante, mientras los demás nos adelantábamos para subirnos de nuevo más adelante y seguir. Nos detuvimos otra vez en una isla llamada Orquídea, muy bella, de arena rosada, en la que se hace siempre una parada para descansar, estirar las piernas y en la que hay posibilidad de bañarse en el río, cosa que ninguno de nosotros hizo, la verdad estábamos cansados, con el culo plano por la tabla en la que íbamos sentados y ansiosos por ver el salto. Una hora antes de llegar nos detuvimos de nuevo para almorzar un par de sánduches de jamón y queso con jugo de durazno Shake it, y para descubrir que el paquete misterioso y pesado que habían subido en el puerto era otro motor. Con ese logramos llegar por fin.

No sé cómo calificar el sentimiento que me produjo ver por primera vez el Karepakupay vená, que traduce: Salto desde lo profundo, porque los indígenas que siempre han habitado estos parajes, creían que el salto era una puerta a otro mundo. Aunque siempre estuve pendiente de su aparición y lo esperaba luego de cualquier curva del río, cuando finalmente apareció ante mis ojos, no pude evitar dar un grito de emoción. Ya faltaba poco para estar a sus pies, para bañarme en sus aguas.

Se llega a un recodo del río en el que te hacen descender de la curiara y comienzas a caminar por una selva muy tupida pero que por el tránsito constante de personas ya tiene un camino definido. La vegetación es increíblemente abundante, verde de todos los tonos, con hojas de todos los tamaños y formas, y no me creerán esto pero, durante todo el camino pisé raíces, es decir, el piso es en un enorme porcentaje, vegetal. Eventualmente mientras caminábamos se sentía que comenzaba a llover y de repente se detenía, luego comprendí que eso que sentía no era lluvia, sino que era agua de la caída que se esparcía por la selva que la circunda. Verán, el salto es tan alto que el agua mientras cae se particulariza por cuenta del viento y entones se esparce como lluvia varios kilómetros a la redonda.

Cuarenta minutos de caminata más y por fin llegué a la razón de todo lo que propició este maravilloso viaje. El último tramo antes de llegar al mirador oficial a pies del salto es un acenso en el que a veces toca casi que escalar, asiéndote de las mismas raíces que conforman el suelo. Mi compañero de viaje Marco, que iba delante de mí se desvió en un recodo del camino y no siguió al grueso del grupo, descubrió un caminito que me invitó a seguir con él para descubrir un balcón VIP exclusivo para dos personas desde el cual pudimos ver, admirar, maravillarnos, disfrutar y enloquecernos con la visión más esperada y soñada por mí, toda mi vida.

Es más de lo que pensé, más de lo que imaginé, mucho, mucho más de lo que esperé. Allí me deleité e hice varias fotos y videos para la posteridad. Cuando llegué al mirador oficial me encontré con otras tres excursiones, así que en total éramos unas cuarenta personas de todas partes del mundo y sin embargo no encontré en los ojos de nadie más, una conexión profunda con lo que yo estaba experimentando. Todos estaban desesperados por tomarse la foto pal Face, así que estaban más pendientes de tenerlo a sus espaldas y en sus fotografías. Yo no podía, no quería dejar de mirarla. Mi mandíbula colgaba, los ojos abiertos como si se me quisieran salir, el cuello estirado y la nuca arrugada para sostener mi cabeza en la posición que me exigía para poder seguir viéndolo. Me lo quería grabar a fuego en la mente, para poder disfrutar de esa visión siempre. Imagínense que una nube de lluvia llegó y lo cubrió todo, comenzó a llover copiosamente en minutos. Todo el mundo corrió a esconderse del agua, yo llevaba un poncho impermeable que me permitió quedarme solo, ahí, sentado, embobado, meditando, dándole gracias a Dios por su creatividad y generosidad al crear semejante lugar, pero en especial, dándole gracias a ese niño de hace treinta años por haberse hecho esa promesa de algún día conocer este lugar y al yo de ahora por haber hecho todo lo posible y necesario para estar ahí, ese día, a esa hora, mojándome con las aguas del Salto Ángel… me sentía tocado por algo especial, era en ese momento y lo soy desde ese momento justo, la persona más especial del planeta.
Cuando salí del trance bajé al pozo que se forma en la base del salto; es increíble el caudal que tuve la oportunidad de ver. En primer lugar, se suponía que había comenzado la temporada de verano, así que habría menos agua y hasta los guías estaban desconcertados con la cantidad, tanto que no tuvimos que bajarnos ni una sola vez a empujar como lo tenían presupuestado, y en segundo lugar, al mirar hacia arriba, a un kilómetro de distancia de dónde yo estaba, se veía el agua comenzar a caer en caudal, pero a medida que bajaba se deshacía y se convertía en un velo de agua, casi como vapor, y justo en la base de la piedra no se ve un solo hilo de agua, y aun así yo estaba en ese momento asustado, rogando por no resbalar y caer en una corriente muy fuerte que amenazaba con llevarme río abajo.

¡Qué lugar mágico! Qué increíble, ¡Qué maravilla!
Luego de unas dos horas bajamos caminando para deshacer lo andado y regresar al río en donde nos esperaban los guías para llevarnos al campamento donde pasaríamos la noche. Un recinto construido casi a pie del salto, cruzando el río desde el lugar en el que se comienza la caminata para llegar a él; es un complejo conformado por cuarto estructuras, dos casas con muros y puertas en las que quedan los baños, una bodega para guardar cosas importantes como las bombas de agua y los generadores de electricidad a diesel bajo llave y la cocina. Las otras dos estructuras conformaban un techo en forma de una enorme “L”, sin paredes y con muchos travesaños que se usan como techo del comedor y la otra como techo para las hamacas donde pasaríamos la noche.

Cuando llegamos, nos dieron la oportunidad de bañarnos y de ponernos ropa seca. En un rato nos llamaron a la mesa y tuve la fortuna de comprobar que a los pemones les gusta mucho comer porque la cena fue en “opípara pitanza”. El platillo de esa noche consistió en arroz cocido, ensalada de vegetales frescos, dos presas de pollo “extraterrestre” que debían de tener el tamaño de un pavo, muy bien asadas, pan tajado y piña para el postre.
Estábamos cansados, pues nos fuimos a dormir tan pronto terminamos de comer. Los guías nos lo sugirieron en todo caso porque al día siguiente saldríamos a las 5:30 de la mañana para alcanzar a desayunar en el Parque Canaima y abordar el avión de salida. Eso de dormir en hamaca es toda una experiencia. Yo lo había hecho en otras ocasiones y sabía lo que me esperaba. Para mis nuevos amigos Marco el italiano y Marie la ciudadana francesa no fue tan “Cool” un par de horas después, cuando la espalda ya no encuentra forma de acomodarse y mucho menos, a eso de la media noche, cuando la temperatura descendió a unos doce grados centígrados. Aunque nos dieron unas frazadas para cubrirnos, créanme que no fue fácil superar la noche. Hay que ponerse medias en los pies, pantalones largos, un saco y taparse la cabeza con algo más, ya sea la chompa del saco o un gorro.

A las cinco de la mañana sentí hablar a los guías en su lengua pemón y supe que era la hora de levantarse. Estaba oscuro todavía, tuvimos que desarmar campamento, cambiarnos de ropa y ordenar maletas a la luz de las linternas y cuando apenas despuntaba el alba ya íbamos río abajo, dejando a nuestras espaldas ese salto de agua con el que soñé toda mi vida y con el que seguiré soñando hasta el fin de mis días, sólo que ahora con mis propias imágenes, las captadas por mis propios ojos en la más grande aventura que he emprendido en mi historia personal.

El viaje no había terminado, otra cosa sorprendente que terminó de redondear la experiencia me pasó antes de llegar al parque, pero eso es material de otra entrada.
Yo #Salí a cumplir mi sueño, salí a ser tocado por las alas de un Ángel, Salí a saltar desde lo más profundo de mis ideales a la más bella de mis realidades. Conocí, me bañé en las aguas del Salto Ángel y ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Todo gracias a Marilyn Moscoso y a su agencia de viajes Publitravel. Si te animás te propongo que la busqués y vivás esto mismo que yo viví. Salí a Venezuela a conocer una de las maravillas naturales del planeta, porque a todos nos gusta salir a comer, a viajar, a vivir.

Mira el video de la experiencia aquí:

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